Adios, Pececito.

Asesinó a un niño.
Esa debería ser la noticia.
Muchas de nosotras, cuando dimos la #AlertaFeminista nos temíamos ese desenlace. Demasiadas veces lo hemos vivido.

La sonrisa de Gabriel, la fuerza de su madre y de su padre consiguieron hacerlo mediático, cosa que no es habitual. ¿Cuantos carteles de SOSDesaparecidos salen en la tele?
¿A cuantas madres y a cuantos padres ignoran los medios de información cuando una niña o un niño desaparecen?
¿Cuantas veces vemos que en nuestro perfil el cartel de una desaparición es ignorado?
La madre de Gabriel consiguió llenar de pececitos las calles, los diarios, las redes sociales.
El padre consiguió besar a la asesina sin vomitar, sabiendo que sólo ella les podría devolver a Gabriel, el pececito que se sabía el nombre de más de cien de sus amigos del agua.

Cuando se supo la noticia de su asesinato, el shock fue brutal.
Y apareció la rabia.
No la pena, no el sentimiento de pérdida colectiva. Ni la solidaridad con esa madre que dia a dia se había esforzado por hablar de las cosas bonitas de su niño. Ni el hermanamiento con ese padre que fue todo un ejemplo de como engañar a una asesina con la esperanza de que Gabriel, el pececito, le fuera devuelto a su pecera, a su camita, a sus brazos.

Vimos al monstruo de la rabia en las personas que no podían, que no QUERÍAN creer que Gabriel, al que ya considerábamos un poco nuestro, ya no estuviera. Que desde el primer dia, ya no estuvo.
Una asesina a la que no le voy a dar el gusto ni de mencionar su nombre, tal y como lo prefiere la madre del pequeño pececito, hizo salir lo peor de nosotras.
Declaradas feministas sufrieron de repente ataques bestiales y absolutamente injustos por parte de gentuza a la que no les importó que ellas se enteraran del asesinato de Gabriel de aquella manera.
Mujeres de izquierdas fueron verbalmente apaleadas sólo por pedir cordura, serenidad.
Luego se pasó a atacar directamente a partidos.
Y el bochorno fue tal, que se llegó a decir que el asesinato de Gabriel era el justo castigo por militar el padre en un determinado partido político.

Y esto último lo dijo una mujer con cuenta verificada en Twitter y periodista.
O eso dice ella que es.

Ayer vimos lo peor del periodismo.
Panfletos que no sirven ni siquiera para ser nombrados, mencionando a cualquier sinvergüenza dispuesto a decir la barbaridad más grande, utilizando los titulares más morbosos y repugnantes que jamás se han puesto en una rotativa.

De nada servían las palabras de Patricia, la madre de Gabriel, diciendo que esa rabia la debíamos enfocar para que saliera algo bueno de todo aquello.

Vimos a un político hacer campaña en el velatorio de “nuestro” pececito.
Vimos a pseudo-investigadores explicar que no podían explicar nada, pero que aún así, iba a estar dos horas en parrilla de prime time para decirlo.
Vimos como se entrevistaba, y cito textualmente “a la hermana de un hombre que fue su pareja”, refiriéndose a la asesina.
Vimos a personajes de catadura más que cuestionable decir que ” no podían ni querían compartir el sentimiento de la madre de Gabriel, y que a la negra esa había que matarla”
Vimos a las puertas de los juzgados a gente pidiendo la cabeza de la asesina…y grabándolo con el móvil.

También vimos a gente llorando cuando salían de la capilla ardiente de nuestro Pececito.
Y vimos que las redes sociales se volvían a llenar de pescaítos.
Y vimos a los guardias civiles llorando y sentándose en el suelo cuando descubrieron el cuerpo de Gabriel.
Vimos a Patricia consolando a esos mismos guardias civiles.
Vimos a muchas, muchísimas personas que se negaron a participar en el circo que se ha montado.
Y vimos muchos peces.
Personalmente, queremos, necesitamos quedarnos con lo último.
Vamos a juntarnos con miles, con millones de peces, para que los tiburones no se atrevan a acercarse.

 

 

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